(Daejeon, 1975) es un fotógrafo afincado en Seúl que saltó a la escena
internacional en 2007 tras la publicación en Lens Culture de una serie
fotográfica titulada Tree. La atención crítica que han logrado estas
fotografías no responde únicamente a su notable belleza, ya que en ellas
su autor ha puesto en juego elementos que implican no solo un cierto
género de fotografía conceptual, sino también al Land-Art y a la
pintura. El autor define su obra como un "Photography-Act", pero según
algunos la serie extiende sus encantos hacia campos como la Botánica y
la Ecología.
Nada más y nada menos que la realización de algo así como una imagen mental: aislar un objeto (un objeto particularmente complejo como es un árbol) de su entorno. A pesar de la pulcritud de la imagen, fijarla requiere una planificación y un despliegue de medios que de la fotografía final solo puede deducirse, pues su perfección no deja rastro del método de ejecución. aunque en primera instancia no alcancemos a discernirlo con claridad, en nuestro fuero interno intuimos que el encanto de estas imágenes hunde sus raíces en ciertos rasgos muy particulares del arte oriental.
El
egocentrismo estético de Occidente tiende a minimizar el hecho
incontestable de que en el Lejano Oriente se desarrolló mucho antes que
aquí una poética del paisaje -dotada de hondo calado espiritual y de
refinadísima construcción- que no terminaría de contaminar a nuestros
artistas de un modo profundo hasta la irrupción del Postimpresionismo.
Muy probablemente el origen de la poética visual que rige la serie de
Myoung Ho-Lee se encuentra en el arte de la estampa y el dibujo a tinta
japonés, es decir, en el terreno del Ukiyo-e y aún más en el del Sumi-e.En todas las fotografías se ha respetado cuidadosamente el eje frontal,
lo que contribuye a reforzar la lectura bidimensional de la imagen.
El enorme lienzo blanco actúa como un papel de arroz presto a recibir la mancha alveolar del árbol, su perfil único. De hecho, el fotógrafo podría haber ceñido su encuadre fotográfico al encuadre de ese enorme papel de arroz, haciendo que ambos coincidan: esto hubiera sido lo estrictamente necesario para revelar (igual que la revelación química de la imagen sobre el soporte fotográfico) la inextricable estructura de cada uno de los árboles.
Sin embargo, Ho-Lee ha retranqueado el borde la imagen, y nos deja ver una enorme porción del paisaje que circunda al árbol escogido. Es como si una imagen contuviera a otra dentro. Una pequeña mise en abîme que tiene más de un efecto. Por un lado saca a la luz la provisionalidad y la teatralidad ligeramente onírica de la imagen, porque esta interrupción del paisaje, aún siendo de gran tamaño, nos parece minúscula en relación al contexto, cuyo coprotagonismo conecta con el espítiru del
Land-Art. Por otro lado, la naturaleza magrittiana de la imagen introduce un juego perceptual que pone en cuestión la noción de imagen, encuadre, marco, profundidad, perspectiva y escala, y cuyo principal logro consiste en que el espectador, no necesariamente al tanto de cada uno de los extremos de este análisis, siente sin embargo el deseo de detenerse ante la imagen, quedando cautivado por la inteligencia y la inusual delicadeza de su elaboración.
Nada más y nada menos que la realización de algo así como una imagen mental: aislar un objeto (un objeto particularmente complejo como es un árbol) de su entorno. A pesar de la pulcritud de la imagen, fijarla requiere una planificación y un despliegue de medios que de la fotografía final solo puede deducirse, pues su perfección no deja rastro del método de ejecución. aunque en primera instancia no alcancemos a discernirlo con claridad, en nuestro fuero interno intuimos que el encanto de estas imágenes hunde sus raíces en ciertos rasgos muy particulares del arte oriental.

El enorme lienzo blanco actúa como un papel de arroz presto a recibir la mancha alveolar del árbol, su perfil único. De hecho, el fotógrafo podría haber ceñido su encuadre fotográfico al encuadre de ese enorme papel de arroz, haciendo que ambos coincidan: esto hubiera sido lo estrictamente necesario para revelar (igual que la revelación química de la imagen sobre el soporte fotográfico) la inextricable estructura de cada uno de los árboles.
Sin embargo, Ho-Lee ha retranqueado el borde la imagen, y nos deja ver una enorme porción del paisaje que circunda al árbol escogido. Es como si una imagen contuviera a otra dentro. Una pequeña mise en abîme que tiene más de un efecto. Por un lado saca a la luz la provisionalidad y la teatralidad ligeramente onírica de la imagen, porque esta interrupción del paisaje, aún siendo de gran tamaño, nos parece minúscula en relación al contexto, cuyo coprotagonismo conecta con el espítiru del
Land-Art. Por otro lado, la naturaleza magrittiana de la imagen introduce un juego perceptual que pone en cuestión la noción de imagen, encuadre, marco, profundidad, perspectiva y escala, y cuyo principal logro consiste en que el espectador, no necesariamente al tanto de cada uno de los extremos de este análisis, siente sin embargo el deseo de detenerse ante la imagen, quedando cautivado por la inteligencia y la inusual delicadeza de su elaboración.
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