Carlos Cánovas (Hellín, Albacete, 1951) se sintió inclinado hacia
un tipo de fotografía que reflejaba la melancolía y degradación de los
espacios industriales. Series como Tapias (1981), Dolientes plantas
(1983) o Extramuros (1984-86) anunciaban ya una obra de madurez que nos
muestra un universo creativo propio, construido alrededor del paisaje
urbano.
Desde aquellos años inaugurales ha mantenido siempre una
admirable coherencia, creando imágenes de una exquisita perfección
formal que nos enseñan la desolación de la civilización, la melancolía
de los espacios abandonados y expoliados, la belleza de los ámbitos
degradados.
Igual que Diane, la protagonista de la película El Séptimo Cielo
(Frank Borzage, 1927), que en su miserable pero adorado apartamento
parisino promete a su ciego y amado limpiabotas convertirse en sus
ojos, Carlos Cánovas abre ahora los nuestros y nos enseña el proceso de
expansión urbana sobre las periferias rurales. La huida de un segmento
de la población hacia las afueras es un fenómeno frecuente en muchas
capitales del mundo occidental. El resultado de esta propagación son
urbanizaciones campestres, centros comerciales, equipamientos sociales
de aspecto uniforme que se dispersan en vastos espacios y que, poco a
poco, van invadiendo las zonas rurales. En este tipo de ciudades sus
habitantes se refugian y aíslan, y el eje, la esencia de sus vidas acaba
siendo el automóvil.
“Frente al lugar decisivo, el espacio intersticial, aquél que puede uno
encontrar un poco antes de la marginación y lejos de la postal,
silencioso, aquél que conserva algo de final, de frontera, de tránsito.
Paisajes urbanos anónimos e inidentificables porque pueden ser nombrados
e identificados en cualquiera de nuestras ciudades…”
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