26 nov. 2011

Carlos Canovas






Carlos Cánovas (Hellín, Albacete, 1951) se sintió inclinado hacia un tipo de fotografía que reflejaba la melancolía y degradación de los espacios industriales. Series como Tapias (1981), Dolientes plantas (1983) o Extramuros (1984-86) anunciaban ya una obra de madurez que nos muestra un universo creativo propio, construido alrededor del paisaje urbano.

Desde aquellos años inaugurales ha mantenido siempre una admirable coherencia, creando imágenes de una exquisita perfección formal que nos enseñan la desolación de la civilización, la melancolía de los espacios abandonados y expoliados, la belleza de los ámbitos degradados. 

Igual que Diane, la protagonista de la película El Séptimo Cielo (Frank Borzage, 1927), que en su miserable pero adorado apartamento parisino promete a su ciego y amado limpiabotas convertirse en sus ojos, Carlos Cánovas abre ahora los nuestros y nos enseña el proceso de expansión urbana sobre las periferias rurales. La huida de un segmento de la población hacia las afueras es un fenómeno frecuente en muchas capitales del mundo occidental. El resultado de esta propagación son urbanizaciones campestres, centros comerciales, equipamientos sociales de aspecto uniforme que se dispersan en vastos espacios y que, poco a poco, van invadiendo las zonas rurales. En este tipo de ciudades sus habitantes se refugian y aíslan, y el eje, la esencia de sus vidas acaba siendo el automóvil. 



“Frente al lugar decisivo, el espacio intersticial, aquél que puede uno encontrar un poco antes de la marginación y lejos de la postal, silencioso, aquél que conserva algo de final, de frontera, de tránsito. Paisajes urbanos anónimos e inidentificables porque pueden ser nombrados e identificados en cualquiera de nuestras ciudades…”

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