Pentti Sammallahti ((Helsinki, 1950) es uno de los fotógrafos contemporáneos
más destacados de Finlandia. Comenzó a exponer con regularidad su trabajo a los 21 años y
trabajó durante mucho tiempo como profesor en la Universidad de Artes
Aplicadas de Helsinki antes de recibir una beca del estado finlandés
que le permitió consagrarse por completo a sus proyectos artísticos
durante 15 años.Alejado de modas y tendencias efímeras, nos presenta pequeñas
fotografías en blanco y negro, divertidas y serias al mismo tiempo.
Confiesa su absoluta predilección por la nieve, el frío y la blancura
del norte –en especial entre su país natal y Rusia–, lo cual no le
impide encontrarse cómodo fotografiando latitudes más meridionales, como
los Balcanes, Marruecos, India, Nepal e incluso Turquía.
En sus imágenes –y en particular en las que opta por el
formato panorámico–, los paisajes y sus pobladores vagan sin rumbo,
las casas y barracas parecen a punto de desmoronarse, con frecuencia
aparece un animal –casi siempre un perro–, que deambula con la mirada
perdida, con una indiferencia en cierto modo irónica.La relativamente escasa presencia del hombre, al menos físicamente,
es la manera en la que Sammallahti habla al espectador de la
condición humana. Si recurre a la naturaleza y a los animales, no cabe
duda de que escoge el rodeo de la fábula para hablarnos del mundo en el
que vivimos.
No sabemos a ciencia cierta si se debe al encuadre o a la
propia naturaleza de lo que muestra, pero la mayoría de los paisajes
fotográficos de Pentti Sammallahti –al igual que las pequeñas historias
que cuenta– crean la extraña sensación de estar situados al borde del
mundo. Es como si más allá de la línea del horizonte no existiese nada
más que vacío…
En el planteamiento de Pentti Sammallahti confluyen dos enfoques
fotográficos: por un lado, la fotografía de paisaje, casi
contemplativa, donde la naturaleza juega un papel primordial, por otro, secunda el instante decisivo tan
apreciado por Cartier-Bresson, que trata de captar un instante fugaz y
único.
Es evidente que en esta paradójica dualidad entre la
contemplación y la plasmación reside una parte importante de lo que
conforma la impronta visual, inmediatamente reconocible, del
fotógrafo.(Alain D’Hooghe)
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