
Desde niño uno puede enviciarse. Soy un vicioso del dibujo y no he podido curarme. Hoy pinto, algo esculturas, ensamblo cosas, pero el dibujo es de a diario: dosis de por vida. Por suerte el otro vicio que compite de igual a igual es mi familia. Mi esposa Suyu, a la que siempre llamo sueñito o puti, según la ocasión sea romántica o carnal; nuestros dos hijos: Roberto Camilo, de nueve años, y Gabriel, decinco; ángeles o diablillos, también según la ocasión, que retozan

Soy un mirón y
un indagador de las gentes. En sus rostros esta todo el escenario de sus
historias. Aunque crean que no, siempre los estoy observando. Lo hago con
la misma pasión y curiosidad con que miro a la fascinante variedad de
plantas, animales y cosas que pueblan este raro mundo.
De todas formas,
tengo suerte; puedo dedicar todo el tiempo a trabajar en la creación. Admiro a
muchos compañeros que son capaces de escribir o pintar y a la vez
organizan, dirigen cosas y van a reuniones casi a diario. Yo también voy
a reuniones, pero siempre saco mi cuaderno de apuntes y caigo de nuevo en
el vicio de dibujar. Todos saben que
es una enfermedad y me lo perdonan. Como también mis amigos me disculpan
que no los deje fumar dentro de mi casa (vamos al jardín). Deje de fumar,
pero a veces miro las volutas de humo con cierta nostalgia, aunque sin
arrepentimiento.
Cuando más, me
acompaño de un buen Havana Club de siete años o un buen Whisky. El vino lo
dejo para mi alimento preferido: el pescado. Si me lo traen,
me pasa como a Paulo Ucello antes de acostar a su mujer en la cama. Sabia
que la amaría, pero primero se arrodillaba y contemplaba el paisaje de su
cuerpo, obsesionado como estaba con la perspectiva. Antes de
comerme un pescado, lo dibujo, es el vicio el mismo habito de mirar con
otro escrutador la realidad y saber que en ella esta toda la fantasía.
Fragmento entrevista .......
De qué manera logra la conjunción entre lo grotesco y lo bello?
Hay
una rara belleza en lo grotesco. En el Reparto Náutico, donde vivía,
tenía al frente una señora. Era una negra gorda, bajita. Era un negro
casi morado. Me recordaba, en una asociación, un caimito cuando está
maduro: estiradita la piel de la fruta, una mezcla de un rojo con un
violeta oscuro.
Esa
señora... intenté que me posara, casi lo logré. Tendría, no sé, 50
años, y era casi redonda por completo. Era una figura rara, extraña,
insólita. Hay una poesía de lo raro, y una belleza de lo raro. Y de lo
que esa señora, casi grotesca en su constitución, estaba dando como
forma. Y no es pasión morbosa la que hay por ese tipo de gente.
Un
perro chino, con esa piel desprovista de pelo, tiene el color de...
Casi feo, cuando digo casi feo digo casi bello. Y esa relación está
definiendo o revelando un sentido de la belleza, que no brota solamente
de las cosas lindas. Estoy hablando de ese tipo de belleza que da lo
grotesco, lo exagerado, lo inusitado.
La
existencia de esa realidad el hombre no la descarta, la ha incorporado a
su vida misma. Una pared totalmente descascarada tiene también la
belleza del tiempo que ha pasado, donde las moscas se han posado.
¿Por qué tantas cabezas?

Además
en las cabezas, en los rostros, está la historia de la gente, su
pasión, su verdad, su mentira. Aunque la gente se enmascara. Eso es un
rejuego, un poco "teatralesco". Y de ahí esa serie que titulé Pequeño teatro, donde quizás en las cabezas está la síntesis de todo lo que sucede.
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